La cocina de Inadaptados
- Ezequiel Dellutri

- hace 20 horas
- 4 Min. de lectura
Actualizado: hace 4 horas

Escribí Inadaptados con la idea de contar una historia ambientada en la década del ochenta.
Eso significaba enfrentarse a los ramalazos de la última dictadura, a un período de transición todavía incierto.
Pero hay algo más.
Escribiendo Inadaptados me reí mucho.Y también me emocioné mucho.
No pasé mi adolescencia en los ochentas: comencé la secundaria en 1990. Así que voy a decir algo incorrecto: los noventa son la continuidad del sueño ochentoso… y su triste despertar.Aun así, siempre miré con admiración a los jóvenes de esa época. Su rebeldía me sigue impresionando.
Cuando surgió la idea de escribir una historia en esos años, me propuse dos cosas.
Primero: no abordarlos desde la nostalgia, que siempre es una trampa, sino desde la vivencia. Los detalles de época debían ser apenas pinceladas, lo justo para no expulsar al lector.
Segundo: tenía que haber música. Más aún: tenía que ser la historia de una banda, en una época en la que grandísimos músicos estaban en su esplendor.
Si somos lo que hacemos, ¿qué moviliza a los jóvenes a hacer una banda? ¿Qué querían lograr?
Lo interesante de los ochentas es que quien quisiera dedicarse a la vida artística sabía que se pagaba un precio, a veces muy alto. No había una búsqueda de fama, sino de experiencia. Una necesidad de construir una mirada propia, distinta. Única.
Inadaptados cuenta la historia de un grupo de chicos obligados a formar una banda escolar. Son distintos, antagónicos hasta el odio, maleducados a veces, incapaces de entenderse. Pero algo los une: todo lo que hacen, lo hacen para mostrarse. Son cáscara que esconde su verdadero yo.
Desde el principio supe que tenían que estar coordinados por un profesor de música, un hombre de treinta y pico, profundamente frustrado. No lo sabía al empezar, pero después de unas páginas fue evidente: Rafael tenía que contar la historia.
Y la iba a contar desde su dolor, desde su fracaso, desde sus propias mutilaciones, proyectando sus sueños rotos sobre esos chicos que ni siquiera tuvieron tiempo de pensar en los propios.
Poco a poco, fui descubriendo que su cinismo también era cáscara. Que todavía le quedaba algo por descubrir: que los sueños de uno pueden estar enterrados y, aun así, si se supera el rencor, se puede ser parte de los sueños de otros.
Y que eso, a veces, alcanza para volver a empezar.
Me emocionó mucho escribir los discursos de Rafael. Los adultos somos muy dados a ese tipo de arrebatos, a explicarles a los más jóvenes cómo son las cosas.
El problema es que la frustración de Rafael es tan grande que empieza siempre desde ese lugar, pero en su desequilibrio termina hablándose a sí mismo.
Hay uno de esos discursos que me resultó especialmente conmovedor. Ocurre cuando, por puro molestos, los echan de la escuela. Los chicos creen que todo terminó, pero Rafael los lleva a una parada de colectivo. Mientras esperan, empieza a llover y él dice:
¿Ustedes quieren irse? Váyanse, pero tengan algo claro: lo que tienen acá les va a salvar la vida, los va a liberar de su propia estupidez y le va a dar un sentido a lo que hagan de ahora en adelante. Váyanse a sus casas y sean hombrecitos grises; quédense y sueñen. Pero sepan algo: yo no los abandono, porque ustedes son mi banda. No los voy a dejar, porque estoy solo y ustedes tres son todo lo que tengo.
Mientras escribía, me encontré con un problema: ¿cómo ser rebeldes dentro de la escuela, un espacio donde suele imponerse la corrección? La respuesta fue simple: había que sacarlos de ahí. Expulsarlos. Llevarlos a la calle, donde podían ser ellos mismos por primera vez.
(Armar una historia no es más que animarse a ver qué pasa cuando uno pone a sus personajes en movimiento. A veces, lo único que hace falta es empujarlos un poco.)
También apareció otra pregunta: ¿cómo contar el inicio de una banda… y su final? Recuperé entonces una idea inicial que había descartado: el formato de entrevistas. Así surgieron esos insertos que muestran a los personajes años después, en el momento de la separación. El principio y el final. En manos del lector, lo que falta: imaginar el éxito.
El humor de la novela surge de un recurso sencillo: poner a convivir miradas opuestas. Lo que para el lector es gracia, para ellos es conflicto. Y ahí está el juego: entender que el otro no es un obstáculo, sino una posibilidad.
La novela no iba a llamarse Inadaptados, sino Maleducados. Pero buscando, descubrí que había varios libros con nombres similares. Dudé bastante si mantenerlo, pero al final decidí cambiarlo.
Hoy estoy convencido de que fue la decisión correcta: Inadaptados nombra mucho mejor el espíritu de la historia.
Inadaptados transcurre en 1987. La democracia todavía era débil y quienes habían vivido la dictadura la tenían presente, no como un ejercicio de memoria, sino como un recuerdo cercano.
Por eso quise que la novela se ubicara en ese espacio incómodo: los primeros años de la democracia.
En Inadaptados, el temor es propiedad de los adultos. Los jóvenes parecen ajenos a lo que pasó, casi inmunes al peligro de decir lo que piensan o ir a un recital.
Pero ese peligro está ahí.
—No bajás, ¿me entendés? No bajás por nada del mundo —le repito al Gordo, pero por las dudas le aclaro a Vanina—: Que se quede acá, por favor.Hace unos años, en plena dictadura, la policía se llevó al Gordo junto a uno de sus amigos. Los tuvieron tres días; la pasaron muy mal.
El padre logró sacarlo. El amigo nunca volvió.
Tiene demasiado adentro. Y no quiero verlo caer otra vez.
Tal vez de eso trata Inadaptados: de lo que queda. De lo que insiste. De lo que, incluso en contextos adversos, empuja a hacer, a decir, a tocar, a juntarse con otros.
A intentar, aunque no sepamos muy bien cómo.




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